Galicia de Pesca: Lubinas de madrugada … relatos de un día de pesca

Canales y bajos lubineros

En tiempos de veda natural por el mal estado del mar … o no tan malo, según se mire, si pensamos en las especies y en la regeneración del lecho marino de nuestras costas, o por las circunstancias en las que a veces nos vemos y por causas de fuerza mayor no se puede ir al pedrero con la misma frecuencia que quisiésemos … toca revisar el equipo, comprobar las previsiones si es el caso o navegar por la red “jugando” a ver material de pesca unos y otros, a sacar tiempo de donde no lo hay si pueden, para ir a pescar en las zonas de interior y resguardadas … los menos, a la fabricación de sus propios señuelos.

Otros … a recordar secuencias de pesca en tiempos pasados:

“Es de noche, aún no amaneció y todo está listo para salir a un nuevo encuentro con el mar. El equipo preparado, desayuno … pero estoy inquieto … no sé si el mar me dejará pescar a donde voy a ir … no sé si ya habrá gente pescando donde pretendo ir cuando llegue … no sé si será el lugar más adecuado para hoy … y es que en aquellos tiempos en los que había más pescado, concretamente más lubinas, el madrugar y estar de noche para coger todo el amanecer era primordial … por las lubinas y por los pescadores, ya que rápidamente se corría la voz de dónde estaban entrando y al final, siempre había alguien que te veía pescar o subir por el acantilado … incluso algunos se dedicaban a localizarte el coche para saber a dónde ibas …

Madrugar más que nadie, de aquéllas … era sinónimo de buen presagio. Era la garantía de que podrías estar sólo … que podrías incluso tener tres o cuatro sitios en pocos metros y en la misma zona donde iban a estar las lubinas … y digo sólo, porque por respeto a los conceptos que pongo en práctica, caña en mano … busco un sitio adecuado y de acorde a mis criterios de dónde lanzar los señuelos en lugares donde ya no haya más pescadores. Por norma estricta, donde ya hay un pescador no me pongo a su lado ni relativamente cerca … busco mi espacio, el poder recorrer unos metros sin tener que hacer desplazamientos largos por el pedrero para cambiar de sitio para seguir tentando a las “caprichosas” lubinas, y ya no digo nada de los “escurridizos” y “sabios” robalos.

Madrugar significaba una vez aparcado el coche y con el equipo, escuchar el silencio … el rugir del mar … en ocasiones, sentir todos los sonidos a tu alrededor de manera amplificada … ver si cabe, más estrellas que nunca si las nubes y época del año te lo permitían … tratar de ver si había espuma en el mar, desde las alturas, a oscuras total … observar si se veían las luces de otro coche que se dirigía hacia donde yo estaba … encender el foco y la linterna -siempre llevé y llevo dos fuentes de luz-, ajustar bien el foco en la cabeza, la mochila a los hombros … que no puede pesar mucho ya que hay que bajar un buen trecho … y luego subir -ojalá pese mucho ese momento me decía- … la mochila con las bobinas con trenzado de repuesto del carrete, con las grapas, tijeras especiales para el trenzado, el alicate de corte -de los que realmente cortan- para poder cortar un triple o un anzuelo de un vinilo con facilidad si se produce un accidente, un mini botiquín … y dentro una bolsa impermeable para las capturas que evitará se me moje la mochila cada vez que pesco algo …

Madrugar me daba esa sensación de equilibrio entre soledad, aventura, respeto y a veces miedo … pero todo ello rodeado y aderezado de una tremenda ilusión …

Caminar a oscuras por una pista de tierra en muchas ocasiones, localizar el punto exacto de la bajada al mar a veces parecía un problema … increíble lo que somos cuando uno de nuestros sentidos está mermado, parece que todos los demás le siguen … todo cambia en la oscuridad … cuesta abajo, intentando no resbalar por la hierba húmeda del rocío o en ocasiones por la lluvia … entre los pinos … con mucho cuidado y precaución no era suficiente a veces y parecía que una sentada obligada durante el descenso, era inevitable … un descenso pronunciado, con las sombras de los focos entre los pinos hacía a veces de las suyas poniéndote aún más alerta si cabe.

Después de un trecho, los pinos desaparecían y daban entrada a esos arbustos bajos -en algunos sitios extremadamente altos- … los tojos, así denominados en Galicia. Caminar entre los tojos se hacía en muchas ocasiones y dependiendo del sitio elegido para pescar … una auténtica odisea … había años en los que no se veía el sendero, cerrándolo los de uno y otro lado del camino … el pulso y la fatiga por la tensión siempre crecía a medida que bajaba … pero en cierta medida me daba también más tranquilidad pues ya se veía y oía el mar … en determinados puntos de la bajada, la parada era obligatoria, para tomar aire y tratar de ver brillos de espuma en la rompiente … si se divisaba alguna … automáticamente el descanso cesaba … había que llegar cuanto antes … el horizonte se tornaba ya en un azul oscuro … era el signo inequívoco de que empezaba a estar próximo el momento idóneo de pesca, las primeras sombras sobre el pedrero, cuando ya casi no hace falta el foco para moverse por él, cuando ya intuyes dónde está cayendo el señuelo en el mar.

Anillas de los dos tramos alineadas

El momento que ya estaba en el pedrero, que miraba hacia arriba a ver si bajaba alguien detrás, el sonido del mar, el olor a salitre, las pulsaciones, la fatiga … ese momento hacía que ya hubiese merecido la pena madrugar … ¿pescar? … eso ya se verá más adelante en la puesta, el “sitio” o como decíamos algunos en la “postura” … de momento, suelto la mochila en sitio seguro, y sin enfocar la luz del foco hacia el mar … monto la caña, alineo los dos tramos, que no tenga una vuelta indeseada en la primera anilla, y con el señuelo ya fijado a la grapa … hago el primer lance … vamos a ver si hoy hay suerte … ”

El regreso después de la jornada de pesca

Un saludo a todos y !Hasta la próxima Salitrada¡
Juan C. Lorenzo

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